Llegamos a St. Martin tarde una noche de agosto. Salimos del aeropuerto para disfrutar del aire fresco de la noche. Buscamos un taxi que nos llevara al hotel. Conocimos a un taxista con el que empezamos a platicar. Nos preguntó de dónde éramos, qué estábamos haciendo en la isla y si era la primera vez que visitábamos su país. Estuvimos platicando un rato con él y nos dijo que una de las cosas que más disfrutaba en la vida era de ir a bailar con sus amigos. La música está muy presente por todos lados en la isla y bailar es una de las cosas que pone una sonrisa en su cara. Al día siguiente nos fuimos a caminar por la isla, a compartir con la gente y a disfrutar de la atmósfera de relajación que se vive en el lugar. Después de platicar con varias personas, conocí a Thomas, un joven de mi edad con quien platiqué de muchas cosas. Una de las cosas que más le hace feliz es el buen clima que hay en la isla y, sobre todo, algo que siente muy común en su país: que la gente al ir caminando por la calle te saluda sin importar si eres un conocido o no. Y es que, sin lugar a dudas, entre lo paradisíaco de su naturaleza y la amabilidad de su gente, St. Martin es un lugar especial.


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