Una isla a la que nunca había imaginado ir. Nuestro paso por el océano Índico nos estaba dejando con las bocas abiertas: lugares paradisíacos en los que reina una atmósfera relajada. Llegamos a la isla mientras atardecía. Los olores (de flores y árboles tropicales) nos regalaron una grata bienvenida. Eso y después el trato amable del taxista que nos transportó a nuestro hotel. Era Domingo de Pascua. Por lo mismo casi toda la gente se encontraba en sus hogares descansando o, por otra parte, se habían ido a pasear a las playas de la isla o habían aprovechado para salir de viaje. A la mañana siguiente salimos a buscar gente con la que pudiéramos compartir, que nos permitiera aprender un poco de su modo de percibir la vida y la felicidad. Las calles se antojaban desiertas. No obstante, cada cierto tiempo nos encontrábamos con alguien. “Vayan al parque” –le dijo en francés a Kelly un señor con el que platicamos durante unos minutos. “En un día cómo éste la gente va al parque a disfrutar”. Así lo hicimos. Caminamos durante media hora bajo el sol de mediodía hasta que llegamos al parque. Una vez allí pudimos corroborar que una de las cosas en las que la gente de Reunión encuentra alegría es en albergar los espacios del parque mientras comparten. Diversas generaciones se congregan en un mismo lugar. La vida y la felicidad los cobija, mientras el viento los refresca del sol veraniego.


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