Estoy sentado en el aeropuerto “El Alto” de La Paz, Bolivia. El aeropuerto está mucho más vacío de lo que pensé que estaría. Incluso la gente de los puntos de seguridad y de inmigración están sorprendidos porque hoy no haya tanta gente en el aeropuerto. Nos levantamos –cómo siempre- muy temprano para llegar aquí y evitar las largas filas del check in. Sobre todo por que vamos cargando bastante peso (mochilas, tripiés o trípodes y demás cosas variopintas) y mientras más larga es la espera en la fila mayor el ejercicio –por no decir martirio-. No obstante, sin importar las toneladas –ok, sé que estoy exagerando- que cargamos, lo poco que dormimos, lo hambrientos que estamos, cada día disfrutamos de nuestra realidad. Todos los días son un reto nuevo; una nueva lección de vida aprendida; una nueva sonrisa en nuestras caras; un haberse asombrado, cómo cuándo éramos niños, de nuevo. La gente que conocemos a lo largo del camino no tiene la menor idea de cuánto nos cambia en las pocas horas que podemos compartir con ellos. Yo espero poder ir compartiendo todas esas enseñanzas de felicidad a cada uno de los países a los que vayamos.
Con Raddix, un pintor de Antigua y Barbuda, conocido por su excentricidad y poralocada forma de demostrar la felicidad
Hay un mundo inmenso de posibilidades y enseñanzas allá afuera y
es hora de tornar nuestros ojos hacia nuevos horizontes. La gente que encuentro
en el camino me ayuda a entender cuán cerrados estaban mis ojos y cuánto
necesito abrirlos. A todos los que he conocido hasta el momento, sin importar
la latitud o longitud en la que se encuentren en estos instantes, les doy
gracias por enseñarme a ver la vida -cada vez más- desde una perspectiva más
viva y más positiva. Y a entender cada día un poco más la felicidad.
Con Tony, al frente del río Mapocho en Chile


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