Es el treinta y uno de diciembre del 2009. Me levanto de la cama del hotel, tomo un vaso de agua (es una costumbre que tengo) y me asomo por la ventana para ver cómo está la mañana. Es una mañana bastante fría y nublada y parece que va a llover.
Me preparo para salir porque tenemos un día bastante ocupado: me doy un baño bastante rápido, reviso algunas cosas relacionadas con la pagina de la expedición y me encuentro con Tony y Kelly en el lobby del hotel. En cuanto salgo de éste caen sobre mi cabeza gotas de lluvia -las primeras de muchas que nos caerían a lo largo del día- bastante frías y pienso: "Así correremos la carrera de San Silvestre...".
Poco después nos dirigimos al comedor de San Francisco, un lugar que lleva casi treinta años en función, para poder servir de algo a gente sin hogar. No sabemos muy bien qué vamos a hacer, ni cómo, pero estamos entusiasmados por el hecho de poder servir de algo a otras personas.
De camino al lugar vamos platicando con Ángel que ha sido la persona que nos ha transportado a lo largo y ancho de Madrid en estos días y, al mismo tiempo, ha realizado la labor de guía turístico. Y la verdad es que siempre aprendemos algo nuevo con él (ya sea de la historia de Madrid, de España o de alguna de las tantas cosas interesantes que ha hecho en su vida).
Mientras vamos cruzando las calles que nos llevan al comedor observo la lluvia que moja a toda la ciudad y que se estrella contra las ventanas y el parabrisas de la van. De alguna manera (ante mis ojos) la ciudad se embellece todavía más bajo esta fría lluvia de invierno y me hace pensar en mil y una cosas. Sin embargo, todo en lo que estoy pensando se acaba cuándo llegamos a la calle dónde se encuentra localizado el comedor. Nos estacionamos y atravesamos la lluvia que en estos momentos es más fuerte.
Poco después entramos al corredor que nos lleva a la cocina y Kelly y Tony entran a la cocina para ayudar con todo lo que se hace dentro de ella y yo voy al comedor, para servirle a la gente. En unos minutos me explican, a grandes rasgos, qué es lo que debo hacer y cómo debe hacerse. En un principio considero que todo se hace demasiado rápido: servir las mesas, limpiarlas, atender a la gente... todo parece demasiado apresurado. Pero después de un rato entiendo el por qué de las cosas.
El comedor lleva abierto casi 30 años y en todo ese tiempo se ha encargado de alimentar a gente sin hogar. Pienso que quizás es una labor que sólo se realiza en la temporada de frío pero no es así. Me dicen que el lugar se encarga de servir comida los 365 días del año. Día con día asisten muchas personas que tienen la necesidad de hacerlo. Sí: quizás la gente deba apresurarse para comer y quizás todo parezca cronometrado. Pero si no fuera de esa manera no podría alimentarse a tanta gente cómo lo hicimos en el rato en el que estuvimos allí.
En el comedor se sirvió fabada cómo primer plato (acompañada por pan); después pollo y pimientos morrones; de beber jugo o sidra; y, al final, un postre que consistía en turrón y café o leche (o café con leche) .
Al finalizar, cuándo era momento de cerrar el comedor, me quedé con sentimientos encontrados. Por una parte me encontraba triste, al haber visto a gente tan necesitada y que se encuentra sin hogar en una mañana tan fría y lluviosa cómo aquella; pero también pude presenciar la otra cara de la moneda: la de que existen seres humanos dispuestos a ser solidarios con otros seres humanos que se encuentran en circunstancias adversas y de que están dispuestos a tender su mano... Eso me llenó de esperanza y de alegría.


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